SARA BAILA SOBRE EL PÉNDULO
SARA BAILA SOBRE EL PÉNDULO
La ventana de la habitación invita la entrada de la brisa en la húmeda noche. Los visillos al balancearse, dejan ver el reflejo de las farolas sobre los charcos, que se han formado tras las últimas lluvias. Los coches marcan un ritmo en el silencio noctámbulo.
Aquella figura humana, asomada a la ventana, casi no respira para no interrumpir el silencio.
-Es tan tarde que debería dormirme- se dice, cuando mira hacia la solitaria calle.
El rostro de Sara, triste y joven cubierto de infinitas pecas, es frío como el aire de la madrugada invernal;
los cabellos, lacios y rojizos se dejan caer acariciando sus hombros. Su cuerpo llevado por el sueño, está en letargo sobre la cama.
Le despierta el ruido de los coches junto al ir y venir del gentío. La luz de la mañana le sorprende y mira el reloj. Ve que es tarde, pero aún puede llegar a tiempo a la oficina.
Se Viste, peina y suelta con desenvuelta rapidez el maquillaje en el bolso para salir en un abrir y cerrar de ojos. Al encontrarse con la muchedumbre del metro observa las expresiones marcadas y las miradas perdidas del gentío, como si añoraran el último sueño de la madrugada sobre la cama. Cuando baja, recorre la avenida que llega a la oficina ¡Ya estoy aquí! Respiró con alivio. Todo un paisaje de ordenadores, mesas sobre las que se apilan papeles, suplantan lo humano por el protagonismo informático.
-¡Por fin llega Sara!
-Siempre tarde… --comenta Mariano.
(Mariano, había llegado a subjefe de sección por su gran dedicación laboral y fidelidad de “perrillo faldero”, un administrativo con ambiciones se podría decir).
Si… lo sé -contesta Sara-. No me des sermones. He tenido una mala noche.
-No es la única querida, suele ocurrirte a menudo -responde éste, con su media sonrisa. Bueno, te llama el jefe.
Se dirige al despacho con los pasos ligeros que la caracterizan. Ante la puerta no lo piensa, y da un par de golpes con los nudillos.
Entra sin esperar la invitación.
-Don Francisco…
-Pase.
-Buenos días ¡Vaya, por fin! Espero que sea ésta la última vez que llegas tarde. Sabe usted que la falta de puntualidad no me gusta. Bueno, siga con los archivos que le mandé pasar al ordenador y espero que acabe hoy.
La voz del jefe resuena en los oídos de Sara, como si fuera el sonido de la campana para recogida de un recreo escolar.
Don Francisco, jefe de sección tiene toda una vida dedicada al departamento de Seguros. Es un hombre de mediana edad, ganando sus sobrados kilos entre comilonas y banquetes. Empaquetado de interminables cursillos, bigotudo y de mirada avasalladora.
Nuestra joven se queda un par de horas más de trabajo y así el tiempo se le escapa entre resoplidos y papeles insípidos.
Al fin termina, y deja atrás el olor rancio del trabajo. Sale a la calle, entonces decide dar un paseo, y no coge el metro; entra por un pequeño parque que se halla camino de casa.
Mientras pasea la atmósfera cambia, el aire es más pesado que de costumbre, cae una niebla, suficiente para sentir el cielo en las calles. Los árboles y caminos vestidos de plantas, proporcionan a los transeúntes un sin fin de olores. Aquel trayecto lo había recorrido en algunas ocasiones, cuando salía del trabajo,sin embargo, hoy era diferente. Las hojas visten la tierra con su espesura, ráfagas de aire cruzan sobre la tez de la muchacha, cruzan cada gramo de tierra, expandiéndose sobre todo.
Entonces, inspira profundamente, a continuación expira, le embarga una felicidad en ese momento. El vaho nacido a través de su garganta, se une con el aire del lugar, mezclándose junto a la niebla que flota. Y en esos momentos el contorno de una silueta aparece. Un ser pequeño, regordete, de rostro infantil, unas manos que sostiene un péndulo, y dando pequeños saltos en círculos alrededor de Sara, le rodea con un velo de gas brillante.
-¿Quién eres?
- Soy el duende del péndulo. El beso de la luna te cubre para que puedas viajar en la noche.
Piensa en aquel instante el que pueda estar cansada; todo podría ser una fantasía, pero en “un abrir y cerrar de ojos”, se haya paseando por un valle.
La hierba cubría hasta su rodilla, un luminoso campo de trigo y un techo celeste sin nubes se presentaba ante ella, a lo lejos, se divisaba un horizonte donde se juntaba cielo y valle. Caminaba transpuesta, desorientada por su repentina aparición en aquel lugar, como el niño que comienza a dar sus primeros pasos. Sin poder evitarlo tropezó y cayó en un torrente de agua, procedente de las montañas situadas no muy lejos del río. La muchacha se dejaba llevar por la corriente impregnándose de sus olores y de los sonidos que surgían cuando saltaban las aguas sobre las piedras. Encontró un tronco de árbol, que por ser víctima de fuertes vientos estaba atravesado. Éste pudo servirle para salir de aquel caudal sujetándose a él.
- ¡Sara!, ¡Sara!
Ella giró la cabeza hacia ambos lados. ¿Quién podría llamarla? La voz surgió de nuevo:
-Soy el árbol que está unido a la hiedra.
Dio un salto y llegó desde el tronco a la orilla, donde había un bosque. Miró y descubrió el árbol que hablaba, cubierto por una gran hiedra.
El miedo se apoderó de ella y preguntó:
-¿Dónde estoy? ¿Cómo es que un árbol habla?
-Estas en el mundo olvidado. Le contestó con una voz hueca y lenta.
-¿Qué hago aquí?, tengo miedo. - dijo Sara-
- El miedo se arropa con tu ignorancia, juntos van en la misma sombra. “El conocimiento está en el péndulo” Encuéntralo y desaparecerá tu temor,sigue el curso del río.
Esa respuesta hizo que los pensamientos aturdidos de la joven se disiparan, por la seguridad que le transmitía.
Sara, miro un ser que llegaba del cielo. Era un águila que al pasar por allí bajó y hallándose frente a ella le indicó con un gesto que se montara sobre él.
Durante el transcurso del vuelo, los cúmulos de nubes traspasaban el cuerpo de la muchacha, acariciándole como bolas de algodones húmedos. Nunca había sentido algo así ¿Podría ser aquello lo más parecido al sueño de un bebe?
(parecía como si fuera una recién nacida)
Desde lo alto, se divisaba un paisaje de azules charcas y sembrados rojizos, sobre los cuales se hallaba una casa blanca como la espuma, pequeña como una gota de lluvia. La curiosidad inundaba a nuestra espectadora.
-¿Quien podría vivir en aquella casa? Comentaba Sara
-Pararemos, le respondió el ave.
A cada palabra de Sara el águila la seguía.
Bajo de él y a solo pocos pasos se separaron.
Se asomó a las ventanas y a través de sus cristales polvorientos intentó mirar al interior. No vio nada, estaba vacía. Empujó la puerta, había espejos por todas las paredes y en cada uno de ellos estaba reflejado el péndulo, por mucho que miraba detrás de ellos, no encontraba donde podía estar el verdadero. Desconcertada por aquel laberinto, decidió regresar donde le aguardaba su amigo.
-¿Cómo puedo llegar hasta el péndulo?-Preguntó al águila.
-”puede que tengas tan solo que mirar, no busques para conseguir” . Le respondió.
Parada junto al águila se dio cuenta que hasta ahora buscaba algo que había idealizado. Entonces entendió la lección. Sin resistirse a seguir teniendo por incertidumbre la identidad de este animal, preguntó:
-¿Quién eres? ¿Por qué me llevas sobre ti? - Mi nombre es Zurco - Contestó.
Vengo a guiarte, sirviéndome de mis ojos que ven más allá del tiempo. Sin comprender el porqué de todo lo que estaba ocurriendo, le llegó en ese momento un sentimiento de cercanía hacia aquel ser lleno de sabiduría y misterio. Entonces, acarició su lomo cubierto de plumas, desprendía en cada caricia ráfagas de calor la fuerza que le transmitía su corazón. Tras todo ello surgió una quietud que se rompió cuando le vino a la mente una pregunta:
- Zurco, ¿Dónde puedo encontrar un duende?-
-”Tu respuesta está en el camino”.
Aterrizó sobre la tierra, había llegado el momento de despedirse. Con saludo solemne de águila imperial, retornó a su vuelo.
Caminaba entre sembrados y campos de hierba. El cielo cambió y se tornó de un color gris sin nubes.
Comenzó a tener frío. Sus manos las hacía frotar sobre sus brazos para calentarlos; estaba pálida como aquel lugar.
Luchaban las nubes cuerpo a cuerpo. Los ruidos y estruendos provocaban el temblor de la tierra.
Aquellas tormentas crearon una intensa lluvia que le impedía ver el camino, así fue como cayó sobre un charco.
¿Dónde estoy? ¿Esto qué es?
Al principio parecía un pequeño charco que no tenía profundidad, sin embargo llegó a cubrirla. Cuando por fin salió a flote, asombrada, vio que estaba en el mar.
En aquel silencio su cuerpo se hallaba sumergido, giraba y se impulsaba con solo una milésima de fuerza, como un embrión en líquido amniótico. Flotar o estar suspendida en un medio líquido le daba la satisfacción de dejar de sentirse materia, comenzando a dudar de su existencia y de sí había o no un tiempo que marcara todo aquello ¿O tal vez fuera ella producto de un sueño?
Por fin desapareció su duda, cuando una fuerza la empujaba hacia un torrente de agua que circulaba por un túnel hecho en el mar. La dejó justo en el camino del pequeño parque del cual había partido. Miró el reloj de su muñeca y coincidió que era la misma hora en la cual se encontró al duende y donde emprendió su aventura.
El sol, escondiéndose, daba paso a la luna. Jugaban a crear el día y la noche. De pronto apareció ante ella la figura del péndulo, suspendido, como si se tratara de una aparición fantasmal; se balanceaba como si traspasara el aire. La joven enmudeció y apenas parpadeaba. Ante la sorpresa cayó, hasta ponerse de rodillas.
El duende salió de una burbuja de luz y con ella bajó, y de un salto quedó situado frente a Sara, sopló expulsando una fuerte ráfaga de aire llevando a ésta al punto imaginario de donde el hilo pendular partía.
Sara no escuchaba los sonidos de su respiración pero sentía que estaba viva. No había luz, sin embargo podía ver el péndulo. Las agujas del reloj no marcaban. El tiempo no corría, y contrariamente a todo ello, observaba como un movimiento en su cuerpo era consecuencia de otro anterior;así marcaba un ritmo.
Aquel hilo de acero desembocaba en un cuerpo de forma circular, como las pupilas brillantes y dilatadas de ella. El péndulo creaba a un lado de su oscilación sonidos y movimientos vibrantes, a otro lado silencio y vacío. Todo un compendio de contradicción como la tierra y el cielo o el agua y el fuego, así pues, cuando se balanceaba a un lado cubría con sonidos sus tímpanos, inundándolos de una inmensa energía musical. Destacaban unos instrumentos: el violonchelo, el piano y el saxo y hechizada bailaba al ritmo de esa música magnética. Entre balanceos pasaba del baile a la inmovilidad y al silencio. El aire lleno de luces, iluminaba La figura de Sara que no podía parar de girar sobre aquel hilo.
Tras uno de esos giros apareció en una avenida de altos edificios cubiertos con miles de bombillas. Las luces de colores ya no provenían del sonido pendular ni de su propio baile, era de los gigantes bloques de piedras artificiales, que iluminados se confundían con las estrellas.
-¡Es sorprendente!- Exclamó. - He aparecido en una ciudad.- El duende me ha traído.
Sus pasos solitarios eran ecos en el aire como ondas sobre aguas tranquilas. Le sorprendió el ver aquel panorama industrial diferente a todo lo recorrido.
Con los sonidos de sus pisadas se mezclaban otros diferentes que retumbaban como si caminaran por túneles metálicos.
“Su razón, llamó al miedo, para dejarlo pasar”. Unos temblores la paralizaron.
Las lejanas pisadas cruzadas con las suyas se acercaban más fuertes, encontrándose ante ella una silueta de animal, era un pequeño lobo blanco de mirada inocente. Sara quedó expectante.
- Me llamo Kalio -
Kalio con sus ojos infantiles por ingenuos y de mirada limpia, le habló diciendo: “Si te has perdido mira hacia arriba para sentir tu corazón”, siguiendo el camino de las luces y la voz de tu interior no te perderás. Siguió el animal su trayectoria, desvaneciéndose entre calles, alumbradas por el reflejo de los grandes edificios.
Sara siguió los consejos del lobo, yendo por el camino alumbrado. Fue entonces cuando encontró un cartel que decía: “Bienvenida a Soledad”.
Sombras de brazos largos cruzaban rozando el cuerpo de aquella figura femenina, sombras que escapaban hacia arriba para desaparecer al encontrarse con el cielo, como un cometa desaparece antes de encontrarse con la tierra.
Había un silencio sepulcral, la angustia golpeaba su pecho femenino para salir de la prisión del esternón. Ante aquel dolor y sufrimiento caían tal cantidad de lágrimas que éstas esparcían una capa de sal sobre el suelo.
Desvalida, sin compañía, a pesar de tantos edificios, le inundó el frío de la ausencia, le invadió el olvido de su propio ser con sus recuerdos. Parada en aquella penumbra, encogía su cuerpo y temblaba mientras quedaba su alma en el desamparo y en el olvido del amor. La ciudad la devoraba lentamente. El cielo la engañaba por sus luces artificiales que imitaban a estrellas. Poco a poco aparecían las nubes, con sus caras fantasmales, empujadas por los vientos que iban siendo cada vez más fuertes conforme pasaba el tiempo. Todo adquiría movimiento y se desplazaba con fuerza arrolladora. Inevitablemente fue lanzada contra los muros que limitaban la ciudad. Unos muros altos y rasos. Infranqueables.
Los silbidos del cielo cada vez más agudos en el interior de su cabeza, resultaban dolorosos. Sara sólo podía ir andando al lado del muro que la desterraba. Rodeó poco a poco toda la ciudad desde esos límites de piedra.
Entonces en aquel paseo se preguntó:
-¿Será un sueño o puede que sea un lugar en el sueño donde se pueda encontrar la verdad? Tal vez puedo reconocerla sabiendo donde está la mentira de todo esto. Si lo descubro puede que conozca sus secretos y así podré encontrar el sitio donde está la salida hasta la realidad -
Caminaba alrededor del muro, hasta encontrarse a la espalda de los edificios, donde se iniciaba un campo cubierto de múltiples rosas de colores con tallos sin hojas, alineados, rosas artificiales aparentando lo silvestre. Todas en simetría.
Su cuerpo de mujer caminaba entre las flores que resplandecían con sus colores naranjas, azules vivos y rojos intensos, cubriéndoles por encima de las rodillas.
Llegó hasta un camino de tierra amarilla y polvorienta que separaba el prado. Le sorprendió el retumbar de unos pasos fuertes y pesados. El aire estaba invadido de polvo por un cabalgar próximo. Fue entonces cuando vio una figura negra, parada frente a ella. Comenzó a restregar el suelo con sus patas traseras para coger impulso de ataque. Era un toro grande, negro como el azabache. Sus astas se alzaban marcando una curva que señalaba al cielo. Envuelta en un terror, las piernas de la muchacha retrocedían lentamente. Frente a ella, a menos de dos metros, se hallaba aquel animal con ojos fijos y brillantes por la emoción del ataque.
Impotente y sin salida ante el cornúpeta, aferró sus manos a cada cuerno para resistir. Al momento se dio cuenta que estos afilados y grandes cuernos estaban en el aire. De un susto los soltó y cayeron al suelo. Contempló cómo se convertían en cientos de trozos pequeños. Había sido atacada por un toro con cuernos falsos. Un toro que se desvanecía como el polvo que había levantado.
Sara, todavía paralizada, dejó caer sus brazos y con abatida mirada engañada, vio que había vivido “el desconcierto de la mentira.”
-¡He encontrado la mentira de la soledad! La descubrí y la derroté cuando me enfrenté a mi miedo.
La soledad que la desgarraba de dolor para aniquilarla se estaba convirtiendo en espejismo. Abrió paso a su propia compañía y la del universo, que la abrazaba protegiéndola. En ese momento podía traspasar los muros. Quedaba así aquel lugar, convertido en un espejismo del pasado.
Frente a ella, había un espacio libre y despejado. Una llanura de tierra rojiza que la cubría reflejos rosados por el cielo iluminado de rayos solares. La tierra despedía el olor a humedad recogida de la madrugada. El cansancio la dominaba y con pasos cada vez más cansinos, siguió unos instantes hasta parar en seco al toparse con una piedra dentada, irregular y extraña en sus lados, los cuales dibujaban distintas formas geométricas que sobresalían. En contraste con su parte superior que estaba plana en corte horizontal.
- Hecha para sentarse -pensó.
Y así lo hizo - ¡Que paz, que tranquilidad!-
Regocijándose estaba en su descanso, cuando una voz habló como si estuviera metida en el interior de un cántaro.
-¡Sara, Sara, menos mal que llegaste! Te esperaba.
-¿Quién eres?- Preguntó.
-Soy Ruth - respondió la piedra.
-¿Ruth? ¿Dónde estás?
-Estoy debajo de ti -
Miró perpleja a la piedra y preguntó:
-¿Dónde estoy?
-Estás en el silencio
-¿Qué dices?
-El silencio… -volvió a repetir la piedra-.
Te explicaré. En aquella ciudad, había sólo ruidos en ti. Los ruidos eran emitidos por tus angustias que iban golpeando y destruyendo tu cabeza, tu corazón… No dejabas de tener ruidos, tu vida estaba llena de ellos, impidiéndote pasar los sonidos de las olas del mar, los silbidos del aire que levanta la arena, los estruendos turbadores cuando las tormentas gritan sobre las lomas de las montañas, el canturreo de las cascadas que se confunden con el cantar de los pájaros, el crujir de las ramas cuando el rayo del sol la reseca mientras conversa con el viento. Ni siquiera dejabas pasar los sonidos de la luna, los sonidos de las estrellas que despiertan a las luciérnagas. Y todo eso, tú, lo conociste en tus viajes anteriores. No te habían abandonado nunca, estaba todo en el silencio; éste que te impregna ahora y te quema cuando destruye al ruido como el fuego a la mala hierva.
Sara se estremeció al escuchar aquellas palabras tan bellas y suaves salidas de la piedra hablante. Alzó la mirada descubriendo un ser incorpóreo que se dispersaba en el cielo. Se confundía con las nubes por su blancura y transparencia. Bajó para cogerla y elevarla. La trasladó al espacio, entre soles y asteroides. Sara Flotaba entre las estrellas.
A continuación, la figura se desvaneció. Suspiró profundamente sintiéndose como un cuerpo celeste suspendido y así encontró al péndulo, que estaba en ella.
Todo aquello le hacía ser un glóbulo de gas en una nebulosa. El glóbulo de donde nace una estrella. Bailando entre lucecitas brillantes escuchó voces que se iban haciendo más intensas conforme prestaba atención. Se dio cuenta que todo giraba a su alrededor, como si se situara en el centro de una espiral. Con los ojos cerrados, con incertidumbre, tomó impulso y los abrió. Cuál fue su sorpresa al encontrarse en una sala llena de camas.
¡Estaba en un hospital! ¿Pero qué hacía allí? Una persona vestida de blanco se le acercó y con ojos sorprendidos retrocedió para gritar:
-¡Que venga el médico!
Delante de Sara apareció un hombre.
-Le preguntó: ¿Cómo estás? ¿Sabes dónde te encuentras?
- En un hospital. ¿Pero no sé qué hago aquí?
- Yo soy el médico de guardia. Llegaste aquí por un accidente de tráfico.
-¿Cómo?
-Por lo que cuenta el conductor del coche, ibas caminando sin mirar, saliste del parque y cruzaste la carretera lanzándote encima de él. Has tenido una conmoción.
Sara no daba crédito a sus oídos; había sido agua, aire, pájaro; había sido estrella y todo buscando un péndulo, el cual la transportó. Sin embargo ya no tenía la necesidad de buscarlo porque descubrió que "el péndulo era ella"
¡Cuánto había vivido parada en el tiempo!
Parece que progresas bien. Pronto te irás. Tendrás que seguir viniendo para chequeos. - Le dijo el médico al transcurrir algunos días. -
Un día dejó atrás las puertas de aquel hospital. Caminó hasta llegar a su apartamento, encontró en él un pasado que ya no volvería, dejó caer el bolso sobre el suelo y se tumbó en el sillón. Miró toda la habitación desde una esquina, recordó a la mujer que dejó pasar los deseos de su propio interior. Quería volver al parque para averiguar como podía haber ocurrido toda aquella aventura.
- ¿Quién podría ser aquel duende?- Se preguntaba. ¿Y si realmente existía?
.
(En el parque)
Cuando llegó miraba a las copas de los árboles, a la hierba que pisaba, al cielo claro y despejado. Todo estaba en calma.
En el camino los niños en bicicleta, se iban alejando entre carreras y vueltas.
Tropezó con una vagabunda sentada en un banco.
La falda de aquella mujer estaba confeccionada de trozos de retales diferentes unos a los otros. Cada uno de un color; sobre su cabeza tenía un gorro de lana hecho con agujas de ganchillos, retazos de gasas trasparentes le colgaban en la cintura que apenas se apreciaban en aquel cuerpo voluminoso. Parecía una de aquellas muñecas hechas de trozos de telas. Sara la miró y le sorprendió el brillo que había en sus ojos. Su mirada le atraía como un imán, empujándole la curiosidad. Preguntó:
-¿Sueles estar aquí?
-Si.
-¿Cómo te llama?
-“Estela” Respondió
-¿No te fijaste en mí el otro día que pasaste por aquí?-
Preguntó Sara.
- No.- Contestó.
-Yo tampoco te vi. Dijo Estela. Será porque las ilusiones a veces se olvidan.
- ¿Tú eres una ilusión?
- Yo soy la magia de los sentimientos. De lo que están hechas las estrellas. Aparezco cuando llora un alma, porque soy la vida. El duende lo mandé con un soplo mágico, sacado de un sueño, para que se cruzara en tu destino,
solo tuve que poner una chispa; el accidente.
-¿y dices que eres la vida?
- Sí. Yo soy la magia que está en ti. Y tú me llamaste, todos tenemos esa magia. “La fuerza de la vida”Que nos hace nacer de nuevo. ¡Camina y comienza!
- Sara salió del parque, para encontrar su nueva vida.
FIN