martes, 16 de diciembre de 2014
martes, 6 de mayo de 2014
LA MIRADA A LOS ÁRBOLES
La mirada a
los árboles me inicio en nuevos caminos donde aprender, a través de la
observación.
Mirar al árbol es mirar los ciclos de la vida, el constate devenir de las estaciones, del cambio continuo.
El árbol por sí no es una identidad independiente, sino un espacio de relación con el todo.
Su comunicación es universal, es la existencia infinita del cambio. La luz, el viento, la lluvia en sus hojas, la infinita relación con la tierra y el cielo, una rueda que no cesa. Sus luces y sus sombras, sus sonidos. Todo es el árbol y nada por separado es.
El pensamiento humano que analiza, enjuicia, imagina, es un mundo donde los prejuicios, miedos, egos aparecen, donde el mirar sin una idea preconcebida no existe.
Sin embargo aprender a contemplar la relación de los árboles con los elementos naturales y los seres vivos nos enseña que hay algo más allá de nuestra razón, y es la vida como un continuo cambio y transformación, donde la tierra, la hoja, el cielo, son energías en diferentes estados y en comunión constante.
Mirar al árbol es mirar los ciclos de la vida, el constate devenir de las estaciones, del cambio continuo.
El árbol por sí no es una identidad independiente, sino un espacio de relación con el todo.
Su comunicación es universal, es la existencia infinita del cambio. La luz, el viento, la lluvia en sus hojas, la infinita relación con la tierra y el cielo, una rueda que no cesa. Sus luces y sus sombras, sus sonidos. Todo es el árbol y nada por separado es.
El pensamiento humano que analiza, enjuicia, imagina, es un mundo donde los prejuicios, miedos, egos aparecen, donde el mirar sin una idea preconcebida no existe.
Sin embargo aprender a contemplar la relación de los árboles con los elementos naturales y los seres vivos nos enseña que hay algo más allá de nuestra razón, y es la vida como un continuo cambio y transformación, donde la tierra, la hoja, el cielo, son energías en diferentes estados y en comunión constante.
domingo, 20 de abril de 2014
El sueño de las Cariátides
Tenía que ir a trabajar todos los días a un pequeño pueblo
alejado de la ciudad, llamado “Pilas”
En aquel viaje de todos los días pasaba por una pequeña
carretera comarcal, paralela a un río.
Un río cuyas orillas la cubrían una inmensa vegetación de
matorrales, zarzas, álamos, etc
Una mañana temprana, mientras pasaba por la carretera, me
encontré una niebla que flotaba a lo largo de todo el paraje del río. Era una
niebla que flotaba entre las aguas. De pronto, me embargo una energía, y
escuché unos sonidos entre las aguas, me paré y allí estaban…,eran seres, con
velos blancos hechos de niebla. flotaban
entre las aguas con su brillo, como si
tuvieran purpurina por todo su cuerpo que se traslucía tras los velos que lo
cubrían.
Aquello niebla, no era niebla, era un manto de ninfas. Ellas
no me miraban. Como si yo no estuviera, se mezclaban entre las aguas y los
árboles. Pero sus voces me llegaban muy adentro. Su canto, sus sonidos entre el
viento.
Pasó unas horas, y me senté a escribir algo que fue
espontáneo y automático, todo lo que me salía era algo dado. Algo regalado por
estos seres.
(Este relato es una historia tiene un componente mágico de
algo que pienso que es así, aunque como humana, tiene una aportación de apoyo
personal para poder escribirlo…supongo…porque las ninfas me lo han dado)
EL SUEÑO DE LAS CARIÁTIDES (LA LIBERACIÓN DEL OBELISCO)
Mi
abuelo, había sido una parte importante de mi niñez, se pasaba las sobremesas
deleitándonos a todos los chiquillos con sus viejas historias. Recuerdo que una
vez me contó la historia de la ciudad de Carias, aliada de los persas, en la
guerra con Grecia. Los griegos mataron a todos los hombres de esa ciudad y a
las mujeres la convirtieron en esclavas;
así que, me decía… de ahí viene el nombre de
las cariátides, fueron más tarde representadas en la acrópolis griega.
Después
de horas de cansancio me encuentro en una carretera comarcal, entre árboles y
unos campos de cultivos acompañados por un cielo claro.
El pueblo
se encuentra a pocos kilómetros, y al poco tiempo de entrar en la carretera se
divisaba el silencio y misterio de un cementerio con paredes blancas por los
muchos encalados. Al lado de aquel lugar, un río circula
entre
la crecida de la vegetación, forma un paraje bravío y chispeante de magia.
Desde mi coche diviso unas fuentes que provienen de sus aguas subterráneas, y
terminan en unas piletas blancas.
Siento
que soy impulsada por alguna fuerza del destino, como aguas de un río que te
arrastran a pesar de mis esfuerzos de dominio.
El
trabajo consiste en mantener y guardar una gran casa en ese pueblo. Los dueños
son personas adineradas que disfrutan de un retiro en un lugar de la costa.
Con
la luz de la media tarde, cuando parece que las sombras viven por todos los
rincones, en esas calles de blancas, casas y puertas de maderas
nobles,
pasean unos transeúntes. Los niños juegan por las aceras a colgarse en las
ventanas, con sus rejas replegadas, típicas de un pueblo del sur. Como tantos
pueblos de aquella comarca es abastecido por sus cultivos en fresas y olivos.
Me
voy a preguntar por la casa de Odiseo y Damira, en un quiosco de revistas y
golosinas, hecho de paredes de ladrillos rojizos, que se encuentra delante de
una iglesia, -Tuerza usted a la izquierda por una plaza, y se encontrará a la
derecha con una casa grande, que hace esquina, dice el quiosquero, un hombre de
aspecto descuidado, camisa por fuera, con medias barbas y pelo gris, por sus
acumuladas canas.
Allí
esta, aquella casa de ventanas grandes como ojos de niña asustada, enormes,
alzada ante mí.
Se
halla la puerta entreabierta, y se encuentra la mujer de la entrevista, Ilse se
llama, con su cuello largo y arrugado. Con las llaves puestas en mis manos,
comenta que se tiene que ir rápidamente por causas que no detalla. Se va,
recordándome que estaríamos en contacto por el teléfono de la casa; junto a él
podía encontrar una agenda de números, entre los cuales está el de ella.
Me
deja toda la distribución en un plano hecho sobre un pequeño papel.
Las
escaleras se encuentran en el recibidor, junto a una librería antigua. Unas
escaleras amplias y con peldaños de mármol, junto a ellas una puerta con
cristales de vidrieras rojas y azules accedía a un patio con todo tipo de
plantas. Situándome de espaldas a la puerta de entrada de la casa, en mi lado
izquierdo se halla una habitación cerrada y a la derecha se deja ver un
despacho, con una gran biblioteca de maderas nobles, cubierta de libros que rodean
sus paredes cubriéndolas. Parada frente a toda aquella entrada, sobre un suelo
de mármol blanco veteado, quieta, mirando todo el espacio para retener todos
los detalles de la casa y como preámbulo para seguir hacia delante. Así que abrí
las puertas acristaladas de rojo y azul y me encuentro en el amplio patio que
lo cubre las flores alimentadas por un goteo programado. Hay una fuente en
medio y justo detrás de esta, un pequeño juego de arcos sobre unas columnas. La
casa está separada de la calle por un muro. De pronto, me recorre un aire frío,
que me hace sentir su humedad en mis huesos. Entre las columnas se hallan unas
estatuas de piedras levantadas sobre pedestales con sus miradas puestas hacia
la puerta de entrada. Son figuras, cuyas caras con formas retorcidas y
abultadas, ojos que salen de sus órbitas, otras con labios demasiados
pronunciados, cuerpos delgados que parecen momias encerradas en túnicas y con
expresiones llenas de tristeza. Son formas atrapadas en el tiempo. Me llama la
atención unas cajas de piedra que soportan en sus manos, levantando los brazos
como si quisieran tenerlas fuera de todo alcance y extrañada me pregunto ¿qué
podrían guardar aquellas cajas y esos rostros deformados llenos de dolor?
Veo
un cuarto trastero y sobre él se sitúa una terraza, se accede a ella por una
escalerilla de hierro. Esta terracita es un espacio para mirar el paisaje, el
cielo, y parte del campo.
Pero
en su interior, todo es lúgubre. La semioscuridad de un patio a
espaldas
del sol crea un olor a humedad y a moho.
El
aire es un cómplice más, por sus silbidos, que dejan en mis oídos lo fantasmal
de ese lugar; y a pesar del impacto que me produce todo ello decido seguir con
mi exploración de la casa y salgo del patio para continuar escaleras arribas.
Camino
entre techos de maderas y habitaciones envueltas en sábanas, puestas para
evitar el polvo que deja lo deshabitado. Hay un cálido aroma a madera que me
alivia del frío, de la humedad del patio sombrío. Busco una habitación situada
al comienzo del pasillo, porque es la que me dejaron preparada, según las
indicaciones de Ilse.
Abro
la puerta. Es de un color celeste. Me recuerda el agradable momento que había
tenido junto al mar, hacía unos días; entonces me alivia de ese
temor
que me inspira la casa y suelto mi maleta. Ha oscurecido. Apenas sin darme
cuenta, me quedo dormida,
Despierto,
es por la mañana. Siento algo de corriente de aire, como si alguna ventana o
puerta estuviera abierta. Voy a la planta baja para ver qué pasa. Una niebla me
sorprende, llega desde el patio. Me asomo para averiguar qué podría ser y con
asombro descubro como las estatuas de la noche anterior ya no están.
Sobre
las columnas solitarias, la hiedra llora gota a gota el húmedo rocío.
Entonces,
salgo a la calle, cuando por fin, los rayos de sol de la mañana me despejaron.
Frente
a la casa se halla un pequeño bar de ventanas rectangulares que cubren toda la
fachada y entro para tomar el primer café del despertar.
Una
mujer delgada con ojos grandes y un gran brillo en su mirada se halla detrás de
la barra. Sirve los desayunos, su cuerpo es delgado y volátil. Atenta a sus
clientes entre caldos de leche y cafés, danza detrás de la barra con serviles
manos dedicada a todo mimo de la clientela charlatana. Al sentarme en aquella
barra la muchacha me pregunta donde me hospedo y de dónde soy, entonces le
cuento que trabajo en la casa de enfrente cuidándola hasta llegar los dueños.
- Me
llamo Denia- le digo
- yo
Elena, me contesta
Aquella
mujer me parece un ser mágico.
En
mis tranquilos y mañaneros cafés, voy cada día conociendo algunas caras de este
pueblo.
Mis
días pasan poniendo orden a la casa, entraba en una habitación e iba quitando
sábanas cubiertas por el polvo.
Tengo
una gran incertidumbre por lo que ocurría en aquel patio y sus estatuas de
piedras que reaparecen por la noche. Se mezclan mis miedos a la vez que la
intriga.
Una
niebla al amanecer se esparce por el patio como aire mágico; las noches dejan
entrar un sueño de piedras con rostros fantasmales.
Tengo
que averiguar qué pasa. La única manera por el momento es observar cada día y
cada noche. Mientras tanto, las mañanas de los cafés en el bar de Elena se van
convirtiendo en una tertulia diaria con gente que comienzan sus días cotidianos,
sumergidos en problemas, a veces se cuentan sus preocupaciones, a veces
pensativos.
Pasaron
unos días... Me voy a pasear por un lugar cerca del río. Las hiedras enredadas
se amontonan en los árboles, que escalan a través de sus ramas.
Al
río, lo cubría la niebla. Conforme me acercaba me impregna su humedad, como
cuerpo vaporoso y frío. Ahí en ese momento me aparece… Sólo se ve la
transparencia de los velos; blancos y sueltos. Parecen muchachas y muchachos,
que se desplazan flotando en el aire, con los sonidos de las aguas. Tienen los
cabellos largos.
Embriagada
continúo andando, quedándome admirada. Aquellos seres se cruzan traspasando mi
cuerpo y me rodean con sus ojos grandes y penetrantes, de color miel.
Traslúcidas
pieles, entre túnicas de gasas, cuyos extremos acarician los suelos, y entonces
me llena un placentero momento que me deja adormilada.
Cuando
voy despertando de aquel sueño, me encuentro con una pared delante, tan blanca,
que me ciegan; es el muro del cementerio. Aquellos seres han desaparecido. Me
asomo entre las rejas de su puerta y veo en medio “un gran obelisco azul, con
miles de inscripciones grabadas a lo largo de toda su piedra. Termina hacia el
cielo, al igual que los cipreses que cubren todo ese lugar. Salto la reja como
pude y me acerco. Llega un sonido suave como una brisa. De repente, una
inscripción salta de la piedra, como una hoja que se queda suspendida en el aire.
Ésta, entonces, flotando en el aire, se parte por medio, se forma una caja con
una mitad de ella. La otra parte de la inscripción o símbolo se introduce en
dicha caja. Así el proceso de uno tras otro de las inscripciones que se hallan
en esa gran piedra. Van en fila, dirigidas por una fuerza magnética que las
empuja. Entonces me percato de que son las mismas cajas que sostienen las estatuas
del patio de la casa; salgo con paso rápido tras de ellas, el sol ya ha bajado
y está anocheciendo.
Cuando me encuentro por la esquina de la
calle, veo la puerta de la casa, y observo cómo van entrando las personas con
las que yo trato todos los días. Como hipnotizados, a cada cual le llega sobre
sus manos una caja de las que han partido de aquel lugar de enterramientos.
Alertada por lo misterioso de todo aquello y a la vez inquietante, me quedo
parada, con el fin de descubrir más de lo que va ocurriendo. Pasaron unos
minutos después, corro hacia el río,
antes de que se haga de noche; para volver a encontrarme con esos seres
misteriosos y buscar respuestas.
Acelero
mis pasos. Cuando entro en aquel paraje comienza a rodearme la niebla, y
pregunto en vos alta.
– ¿Qué
es todo esto, que está pasando? –
En
esos momentos surge una neblina llena de formas. ¡Eran ellos!
Con
sus dedos hacia delante, abren ante mí, una puerta en el espacio. Me muestran
unas imágenes: Un suceso, que aconteció antaño en aquel lugar donde existía una
civilización que habitaban desde el pueblo, hasta este río,
Era
personas que vivían en tiempos remotos. Rodeados por un paraje de árboles y
todo tipo de plantas. Sus casas circulares, con techos abovedados construidas por piedras, terminaban en el
techo con unas ventanas de cristales en el centro. Parecidas a los
observatorios astrológicos.
Las
noches, llenas de estrellas, eran contempladas en esas ventanas. Al atardecer
muchas personas se agrupaban en círculo, en una llanura verde; donde unían sus
manos y formaban una sola entidad, al emitir juntos un sólo sonido vibrante y
profundo, tan lleno de energía, que estremecía. Sus cabezas levantadas, mirando
al cielo, parecían que contactaran con lo más profundo del universo. Entonces, comprendo
que su magia estaba unida al cosmos y a toda la naturaleza que les rodeaba.
Y
los acontecimientos iban surgiendo delante de mis ojos, como si yo estuviera
allí. Estas personas leían mensajes a través de las aguas del río, y les
llegaron unas visiones de seres diferentes a ellos que habitaban en otros
lugares del universo. Eran universos de gran belleza y fuerza. Seres con alas y
ojos grandes, que emanaban fuego. Sus cuerpos estilizados, esbeltos, pieles
brillantes, viajaban a través del espacio.
Los
habitantes de este pueblo, dejaron que entrara en ellos la envidia, y deseaban
ser como estos seres más sabios y bellos que ellos, fueron dominados por sus
celos. Las escenas de enfrentamientos entre ellos, para llegar a contactar y
poder alcanzar los secretos de esos seres, fueron aumentando.
(Tenía
que parar, para poder asimilar todo aquello, de lo cual, yo soy testigo.) Así que descansé sentada sobre la
hierba y respiré, para continuar.
...El
deseo y el ego, inundó sus corazones... Mientras, su mundo se extinguía con
todo esto.
Poco
a poco iban perdiendo la claridad, la belleza y por último su magia,
rompiéndose el equilibrio de todo que les hacía vivir.
La
tierra devastada y las aguas turbadas provocaron un gran terremoto y maremoto,
llegando a arrastrar la ciudad al mar, a sus más profundos fondos.
Perecieron
todos.
Al
fin, los espíritus del agua bajaron sus manos y desapareció todas las visiones;
en ese momento quedo con toda esa información que me transmiten. Por unos
instantes agotada,
Aunque
me repongo, como el que se despierta de un sueño.
Con
sus miradas y un sonido que penetran en mi cuerpo.
(
sonido )
Siguen
hablándome:
Los
seres me hablan…
- la
calma, quedó en el río, con las pilas donde se abastecen de agua.
Resurge
todo, en lo cósmico.
Habitamos
con su energía,
junto
al río y los árboles.
Constructores
somos,
con
el barro y fuego
de
la azul piedra.
Cuerpos,
fósiles del tiempo,
que
de la tierra extrajimos,
y
convertimos en símbolos,
incrustados
con el viento,
en
el azul obelisco megalítico.
En
los días, como habitantes de un pueblo
con
las noches, estatuas de sufrimientos.
Y
cuando el sol asoma cada mañana,
con
sus rayos se difuminan,
en
miles de partículas, las cajas
para
volver a la piedra megalítica,
Los
cuerpos volátiles e incorpóreos
como
una niebla perdida,
de
estatuas pasan a ser fantasmas:
y
son aquellos que creen ser personas,
que
viven por el día.
Desaparecen
los espíritus. Vuelvo hacia la casa.
Cuando
entro, con aquel silencio impuesto en el jardín, todo era lúgubre y gris.
El
día siguiente parece seguir como siempre…
Siento
que estoy inmovilizada, parada como una espectadora.
Llega
el anochecer, regreso de mi paseo por el paraje de árboles, a la hora en que
las personas se transforman en estatuas. Una voz me llega. Proviene de las
aguas del bosque y me dice: - ¿Lo ves? Síguelos.
¿Recuerdas
quien eran las cariátides? Son estatuas que miran y contemplan el cielo
soportando su carga.
Lo
que guardan en las cajas que llevan en sus manos, son los secretos de la
inteligencia que perdieron. Cuando se abran esas cajas, todo su existencia
fantasmal se esparcirá en el espacio, subiendo y uniéndose al cosmos, entonces
se unirán con él.
El
fuego de las estrellas nos vigila,
la
tierra nos cuida y abraza,
mientras
atrapados estamos,
en
esté letargo petrificado.
Terminando
de hablar éste ser de las aguas.
Aparece
la noche, dos soles surgen en ella, con toda su fuerza, ante nuestros ojos. Se
abre un agujero en el cielo como una puerta; y aquí en la tierra, en esos
instantes, nace una perla, en las orillas del río. Entonces, ésta mezclarse con
las aguas, y penetra en la oscuridad de los fondos, se llena de luz, con
vibrantes sonidos, que le vienen de esa gran inmensa puerta espacial.
Es
la energía cósmica unida a la tierra. Semejante a los sonidos que estos
habitantes, provocaban en su tiempo, uniéndose las manos.
(
Música sola )
Mientras
, a través de la bóveda del cielo, salen cantos:
Tu caja, abierta, libres estás,
y sale un corazón
que pierde las cadenas .
La sabiduría del ser,
para unirse a lo infinito.
Despierta del sueño,
y de estatua atada.
Denia, Denia, Denia.
…En
la casa.
Denia
abre su caja, caída como una hoja más en el húmedo patio. Y se ve libre. Tan
voluble y ligero se hace su cuerpo, lleno de toda la vida.
Aquella
misma tarde, has nacido, cuando matas todos tus recuerdos. Y tus sufrimientos
se disipan como la espuma con el viento.
( )
Miro
a mis pies, veo una moldura de piedra rota a trozos sobre el suelo. He estado
ahí dentro. Todo su viaje desde el comienzo, ha sido el sueño de una estatua.
Mis pensamientos de soledad, de sufrimientos, espejismos de deseos, nada es
real. …El obelisco construido por los seres y cada símbolo es la inteligencia
de los seres de antaño, y es la llave.
Cuando
las estatuas se transforman en personas por el día; Denia sigue como una niebla
para ellos. Su cuerpo se va desvaneciendo, al son de su despertar.
Ahora,
en el río, donde los árboles y las piedras forman parte de sus sonidos, todos
parecen que cantan.
(
canto )
…Se
confunden con la niebla de cada mañana,
en
espera que se liberen todas las personas atrapadas,
Algo
inconmensurable flota junto al aire, entre las aguas.
Son
seres blancos y transparentes.
(Canto
final…………….)
Carmen
Pérez Hidalgo. FIN
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