martes, 14 de septiembre de 2021

Novela : EL VINCULO INFINITO


                                                               
                                                                 Próximo trabajo.....NOVELA
                                                                   
                                                   
                    EL VÍNCULO INFINITO



                                                                   
El Vínculo nos hace, no importa lo que quiero ser, ni lo que quiero hacer, lo que hay es una creación, una vida en la interconexión. No existen motivos, sólo lo que nace en un movimiento constante de la vida. Es lo que vamos creamos en el hecho de estar, en el espacio con todas las esencias. Es lo posible de lo imposible, la magia de existir.

Carmen Danna


jueves, 3 de diciembre de 2015

ESPACIOS DE MONTES Y CIELOS








Las nubes blancas
nos envuelve con sus espumas
a pesar de la noche que hay
en nuestros corazones.
Las miramos... y nos da lo divino.

El viento sacude los girasoles
de un campo lleno de luz,
el amarillo cubre la retina
como si fueran muchos soles
que hablan de las estrellas.

Las sombras frescas sobre la hierva
de las hojas en los árboles,
el sol en el cielo
sobre sus figuras,
y ellas protegen la tierra.

Hojas y plumas
árboles y pájaros
en las laderas.


 En la tierra,
campos de girasoles
amarillos intensos
que miran al sol,
la relación descubierta,
en la relación en todo
surge el amor,
está el nacer
está la creación.

La tierra, los árboles,
el cielo, las aguas,
es la existencia
...nuestro aprender




LA LUZ EN LA TIERRA

En el horizonte todo se confunde
los reflejos azules de los montes,
el espacio azul del mar,
sus sombras se unen,
se funden sus universos,
hoy no hay mar ni monte
hay miles de seres
en un ilimitado éxtasis
de los rayos de sol.












martes, 6 de mayo de 2014

LA MIRADA A LOS ÁRBOLES

La mirada a los árboles me inicio en nuevos caminos donde aprender, a través de la observación.
 Mirar al árbol es mirar los ciclos de la vida, el constate devenir de las estaciones, del cambio continuo.
 El árbol por sí no es una identidad independiente, sino un espacio de relación con el todo.
 Su comunicación es universal, es la existencia infinita del cambio. La luz, el viento, la lluvia en sus hojas, la infinita relación con la tierra y el cielo, una rueda que no cesa. Sus luces y sus sombras, sus sonidos. Todo es el árbol y nada por separado es.
El pensamiento humano que analiza, enjuicia, imagina,  es un mundo donde los prejuicios, miedos, egos aparecen, donde el mirar sin una idea preconcebida no existe.
 Sin embargo aprender a contemplar la relación de los árboles con los elementos naturales y los seres vivos nos enseña que hay algo más allá de nuestra razón, y es la vida como un continuo cambio y transformación, donde la tierra, la hoja, el cielo, son energías en diferentes estados y en comunión constante. 

domingo, 20 de abril de 2014

El sueño de las Cariátides



























EL SUEÑO, LAS NINFAS, EL OBELISCO, LAS LLAVES


Tenía que ir a trabajar todos los días a un pequeño pueblo alejado de la ciudad, llamado “Pilas”
En aquel viaje de todos los días pasaba por una pequeña carretera comarcal, paralela a un río.
Un río cuyas orillas la cubrían una inmensa vegetación de matorrales, zarzas, álamos, etc
Una mañana temprana, mientras pasaba por la carretera, me encontré una niebla que flotaba a lo largo de todo el paraje del río. Era una niebla que flotaba entre las aguas. De pronto, me embargo una energía, y escuché unos sonidos entre las aguas, me paré y allí estaban…,eran seres, con velos blancos hechos de niebla.  flotaban entre las aguas con  su brillo, como si tuvieran purpurina por todo su cuerpo que se traslucía tras los velos que lo cubrían.
Aquello niebla, no era niebla, era un manto de ninfas. Ellas no me miraban. Como si yo no estuviera, se mezclaban entre las aguas y los árboles. Pero sus voces me llegaban muy adentro. Su canto, sus sonidos entre el viento.
Pasó unas horas, y me senté a escribir algo que fue espontáneo y automático, todo lo que me salía era algo dado. Algo regalado por estos seres.
(Este relato es una historia tiene un componente mágico de algo que pienso que es así, aunque como humana, tiene una aportación de apoyo personal para poder escribirlo…supongo…porque las ninfas me lo han dado)





EL SUEÑO DE LAS CARIÁTIDES (LA LIBERACIÓN DEL OBELISCO)

Mi abuelo, había sido una parte importante de mi niñez, se pasaba las sobremesas deleitándonos a todos los chiquillos con sus viejas historias. Recuerdo que una vez me contó la historia de la ciudad de Carias, aliada de los persas, en la guerra con Grecia. Los griegos mataron a todos los hombres de esa ciudad y a las mujeres la convirtieron en esclavas;
 así que, me decía… de ahí viene el nombre de las cariátides, fueron más tarde representadas en la acrópolis griega.
Después de horas de cansancio me encuentro en una carretera comarcal, entre árboles y unos campos de cultivos acompañados por un cielo claro.
El pueblo se encuentra a pocos kilómetros, y al poco tiempo de entrar en la carretera se divisaba el silencio y misterio de un cementerio con paredes blancas por los muchos encalados. Al lado de aquel lugar, un río circula
entre la crecida de la vegetación, forma un paraje bravío y chispeante de magia. Desde mi coche diviso unas fuentes que provienen de sus aguas subterráneas, y terminan en unas piletas blancas.
Siento que soy impulsada por alguna fuerza del destino, como aguas de un río que te arrastran a pesar de mis esfuerzos de dominio.


El trabajo consiste en mantener y guardar una gran casa en ese pueblo. Los dueños son personas adineradas que disfrutan de un retiro en un lugar de la costa.
Con la luz de la media tarde, cuando parece que las sombras viven por todos los rincones, en esas calles de blancas, casas y puertas de maderas
nobles, pasean unos transeúntes. Los niños juegan por las aceras a colgarse en las ventanas, con sus rejas replegadas, típicas de un pueblo del sur. Como tantos pueblos de aquella comarca es abastecido por sus cultivos en fresas y olivos.
Me voy a preguntar por la casa de Odiseo y Damira, en un quiosco de revistas y golosinas, hecho de paredes de ladrillos rojizos, que se encuentra delante de una iglesia, -Tuerza usted a la izquierda por una plaza, y se encontrará a la derecha con una casa grande, que hace esquina, dice el quiosquero, un hombre de aspecto descuidado, camisa por fuera, con medias barbas y pelo gris, por sus acumuladas canas.
Allí esta, aquella casa de ventanas grandes como ojos de niña asustada, enormes, alzada ante mí.
Se halla la puerta entreabierta, y se encuentra la mujer de la entrevista, Ilse se llama, con su cuello largo y arrugado. Con las llaves puestas en mis manos, comenta que se tiene que ir rápidamente por causas que no detalla. Se va, recordándome que estaríamos en contacto por el teléfono de la casa; junto a él podía encontrar una agenda de números, entre los cuales está el de ella.
Me deja toda la distribución en un plano hecho sobre un pequeño papel.

Las escaleras se encuentran en el recibidor, junto a una librería antigua. Unas escaleras amplias y con peldaños de mármol, junto a ellas una puerta con cristales de vidrieras rojas y azules accedía a un patio con todo tipo de plantas. Situándome de espaldas a la puerta de entrada de la casa, en mi lado izquierdo se halla una habitación cerrada y a la derecha se deja ver un despacho, con una gran biblioteca de maderas nobles, cubierta de libros que rodean sus paredes cubriéndolas. Parada frente a toda aquella entrada, sobre un suelo de mármol blanco veteado, quieta, mirando todo el espacio para retener todos los detalles de la casa y como preámbulo para seguir hacia delante. Así que abrí las puertas acristaladas de rojo y azul y me encuentro en el amplio patio que lo cubre las flores alimentadas por un goteo programado. Hay una fuente en medio y justo detrás de esta, un pequeño juego de arcos sobre unas columnas. La casa está separada de la calle por un muro. De pronto, me recorre un aire frío, que me hace sentir su humedad en mis huesos. Entre las columnas se hallan unas estatuas de piedras levantadas sobre pedestales con sus miradas puestas hacia la puerta de entrada. Son figuras, cuyas caras con formas retorcidas y abultadas, ojos que salen de sus órbitas, otras con labios demasiados pronunciados, cuerpos delgados que parecen momias encerradas en túnicas y con expresiones llenas de tristeza. Son formas atrapadas en el tiempo. Me llama la atención unas cajas de piedra que soportan en sus manos, levantando los brazos como si quisieran tenerlas fuera de todo alcance y extrañada me pregunto ¿qué podrían guardar aquellas cajas y esos rostros deformados llenos de dolor?
Veo un cuarto trastero y sobre él se sitúa una terraza, se accede a ella por una escalerilla de hierro. Esta terracita es un espacio para mirar el paisaje, el cielo, y parte del campo.
Pero en su interior, todo es lúgubre. La semioscuridad de un patio a
espaldas del sol crea un olor a humedad y a moho.
El aire es un cómplice más, por sus silbidos, que dejan en mis oídos lo fantasmal de ese lugar; y a pesar del impacto que me produce todo ello decido seguir con mi exploración de la casa y salgo del patio para continuar escaleras arribas.
Camino entre techos de maderas y habitaciones envueltas en sábanas, puestas para evitar el polvo que deja lo deshabitado. Hay un cálido aroma a madera que me alivia del frío, de la humedad del patio sombrío. Busco una habitación situada al comienzo del pasillo, porque es la que me dejaron preparada, según las indicaciones de Ilse.
Abro la puerta. Es de un color celeste. Me recuerda el agradable momento que había tenido junto al mar, hacía unos días; entonces me alivia de ese
temor que me inspira la casa y suelto mi maleta. Ha oscurecido. Apenas sin darme cuenta, me quedo dormida,
Despierto, es por la mañana. Siento algo de corriente de aire, como si alguna ventana o puerta estuviera abierta. Voy a la planta baja para ver qué pasa. Una niebla me sorprende, llega desde el patio. Me asomo para averiguar qué podría ser y con asombro descubro como las estatuas de la noche anterior ya no están.
Sobre las columnas solitarias, la hiedra llora gota a gota el húmedo rocío.


Entonces, salgo a la calle, cuando por fin, los rayos de sol de la mañana me despejaron.
Frente a la casa se halla un pequeño bar de ventanas rectangulares que cubren toda la fachada y entro para tomar el primer café del despertar.
Una mujer delgada con ojos grandes y un gran brillo en su mirada se halla detrás de la barra. Sirve los desayunos, su cuerpo es delgado y volátil. Atenta a sus clientes entre caldos de leche y cafés, danza detrás de la barra con serviles manos dedicada a todo mimo de la clientela charlatana. Al sentarme en aquella barra la muchacha me pregunta donde me hospedo y de dónde soy, entonces le cuento que trabajo en la casa de enfrente cuidándola hasta llegar los dueños.
- Me llamo Denia- le digo
- yo Elena, me contesta
Aquella mujer me parece un ser mágico.

En mis tranquilos y mañaneros cafés, voy cada día conociendo algunas caras de este pueblo.
Mis días pasan poniendo orden a la casa, entraba en una habitación e iba quitando sábanas cubiertas por el polvo.
Tengo una gran incertidumbre por lo que ocurría en aquel patio y sus estatuas de piedras que reaparecen por la noche. Se mezclan mis miedos a la vez que la intriga.
Una niebla al amanecer se esparce por el patio como aire mágico; las noches dejan entrar un sueño de piedras con rostros fantasmales.
Tengo que averiguar qué pasa. La única manera por el momento es observar cada día y cada noche. Mientras tanto, las mañanas de los cafés en el bar de Elena se van convirtiendo en una tertulia diaria con gente que comienzan sus días cotidianos, sumergidos en problemas, a veces se cuentan sus preocupaciones, a veces pensativos.
Pasaron unos días... Me voy a pasear por un lugar cerca del río. Las hiedras enredadas se amontonan en los árboles, que escalan a través de sus ramas.
Al río, lo cubría la niebla. Conforme me acercaba me impregna su humedad, como cuerpo vaporoso y frío. Ahí en ese momento me aparece… Sólo se ve la transparencia de los velos; blancos y sueltos. Parecen muchachas y muchachos, que se desplazan flotando en el aire, con los sonidos de las aguas. Tienen los cabellos largos.
Embriagada continúo andando, quedándome admirada. Aquellos seres se cruzan traspasando mi cuerpo y me rodean con sus ojos grandes y penetrantes, de color miel.
Traslúcidas pieles, entre túnicas de gasas, cuyos extremos acarician los suelos, y entonces me llena un placentero momento que me deja adormilada.
Cuando voy despertando de aquel sueño, me encuentro con una pared delante, tan blanca, que me ciegan; es el muro del cementerio. Aquellos seres han desaparecido. Me asomo entre las rejas de su puerta y veo en medio “un gran obelisco azul, con miles de inscripciones grabadas a lo largo de toda su piedra. Termina hacia el cielo, al igual que los cipreses que cubren todo ese lugar. Salto la reja como pude y me acerco. Llega un sonido suave como una brisa. De repente, una inscripción salta de la piedra, como una hoja que se queda suspendida en el aire. Ésta, entonces, flotando en el aire, se parte por medio, se forma una caja con una mitad de ella. La otra parte de la inscripción o símbolo se introduce en dicha caja. Así el proceso de uno tras otro de las inscripciones que se hallan en esa gran piedra. Van en fila, dirigidas por una fuerza magnética que las empuja. Entonces me percato de que son las mismas cajas que sostienen las estatuas del patio de la casa; salgo con paso rápido tras de ellas, el sol ya ha bajado y está anocheciendo.
 Cuando me encuentro por la esquina de la calle, veo la puerta de la casa, y observo cómo van entrando las personas con las que yo trato todos los días. Como hipnotizados, a cada cual le llega sobre sus manos una caja de las que han partido de aquel lugar de enterramientos. Alertada por lo misterioso de todo aquello y a la vez inquietante, me quedo parada, con el fin de descubrir más de lo que va ocurriendo. Pasaron unos minutos después,  corro hacia el río, antes de que se haga de noche; para volver a encontrarme con esos seres misteriosos y buscar respuestas.
Acelero mis pasos. Cuando entro en aquel paraje comienza a rodearme la niebla, y pregunto en vos alta.
¿Qué es todo esto, que está pasando? –
En esos momentos surge una neblina llena de formas. ¡Eran ellos!
Con sus dedos hacia delante, abren ante mí, una puerta en el espacio. Me muestran unas imágenes: Un suceso, que aconteció antaño en aquel lugar donde existía una civilización que habitaban desde el pueblo, hasta este río,
Era personas que vivían en tiempos remotos. Rodeados por un paraje de árboles y todo tipo de plantas. Sus casas circulares, con techos abovedados  construidas por piedras, terminaban en el techo con unas ventanas de cristales en el centro. Parecidas a los observatorios astrológicos.
Las noches, llenas de estrellas, eran contempladas en esas ventanas. Al atardecer muchas personas se agrupaban en círculo, en una llanura verde; donde unían sus manos y formaban una sola entidad, al emitir juntos un sólo sonido vibrante y profundo, tan lleno de energía, que estremecía. Sus cabezas levantadas, mirando al cielo, parecían que contactaran con lo más profundo del universo. Entonces, comprendo que su magia estaba unida al cosmos y a toda la naturaleza que les rodeaba.
Y los acontecimientos iban surgiendo delante de mis ojos, como si yo estuviera allí. Estas personas leían mensajes a través de las aguas del río, y les llegaron unas visiones de seres diferentes a ellos que habitaban en otros lugares del universo. Eran universos de gran belleza y fuerza. Seres con alas y ojos grandes, que emanaban fuego. Sus cuerpos estilizados, esbeltos, pieles brillantes, viajaban a través del espacio.
Los habitantes de este pueblo, dejaron que entrara en ellos la envidia, y deseaban ser como estos seres más sabios y bellos que ellos, fueron dominados por sus celos. Las escenas de enfrentamientos entre ellos, para llegar a contactar y poder alcanzar los secretos de esos seres, fueron aumentando.

(Tenía que parar, para poder asimilar todo aquello, de lo cual, yo soy  testigo.) Así que descansé sentada sobre la hierba y respiré, para continuar.

...El deseo y el ego, inundó sus corazones... Mientras, su mundo se extinguía con todo esto.
Poco a poco iban perdiendo la claridad, la belleza y por último su magia, rompiéndose el equilibrio de todo que les hacía vivir.
La tierra devastada y las aguas turbadas provocaron un gran terremoto y maremoto, llegando a arrastrar la ciudad al mar, a sus más profundos fondos.
Perecieron todos.
Al fin, los espíritus del agua bajaron sus manos y desapareció todas las visiones; en ese momento quedo con toda esa información que me transmiten. Por unos instantes agotada,
Aunque me repongo, como el que se despierta de un sueño.

Con sus miradas y un sonido que penetran en mi cuerpo.

( sonido )



Siguen hablándome:
Los seres me hablan…
- la calma, quedó en el río, con las pilas donde se abastecen de agua.

Resurge todo, en lo cósmico.
Habitamos con su energía,
junto al río y los árboles.
Constructores somos,
con el barro y fuego
de la azul piedra.
Cuerpos, fósiles del tiempo,
que de la tierra extrajimos,
y convertimos en símbolos,
incrustados con el viento,
en el azul obelisco megalítico.
En los días, como habitantes de un pueblo
con las noches, estatuas de sufrimientos.
Y cuando el sol asoma cada mañana,
con sus rayos se difuminan,
en miles de partículas, las cajas
para volver a la piedra megalítica,

Los cuerpos volátiles e incorpóreos
como una niebla perdida,
de estatuas pasan a ser fantasmas:
y son aquellos que creen ser personas,
que viven por el día.

Desaparecen los espíritus. Vuelvo hacia la casa.
Cuando entro, con aquel silencio impuesto en el jardín, todo era lúgubre y gris.

El día siguiente parece seguir como siempre…
Siento que estoy inmovilizada, parada como una espectadora.
Llega el anochecer, regreso de mi paseo por el paraje de árboles, a la hora en que las personas se transforman en estatuas. Una voz me llega. Proviene de las aguas del bosque y me dice: - ¿Lo ves? Síguelos.
¿Recuerdas quien eran las cariátides? Son estatuas que miran y contemplan el cielo soportando su carga.
Lo que guardan en las cajas que llevan en sus manos, son los secretos de la inteligencia que perdieron. Cuando se abran esas cajas, todo su existencia fantasmal se esparcirá en el espacio, subiendo y uniéndose al cosmos, entonces se unirán con él.

El fuego de las estrellas nos vigila,
la tierra nos cuida y abraza,
mientras atrapados estamos,
en esté letargo petrificado.

Terminando de hablar éste ser de las aguas.
Aparece la noche, dos soles surgen en ella, con toda su fuerza, ante nuestros ojos. Se abre un agujero en el cielo como una puerta; y aquí en la tierra, en esos instantes, nace una perla, en las orillas del río. Entonces, ésta mezclarse con las aguas, y penetra en la oscuridad de los fondos, se llena de luz, con vibrantes sonidos, que le vienen de esa gran inmensa puerta espacial.
Es la energía cósmica unida a la tierra. Semejante a los sonidos que estos habitantes, provocaban en su tiempo, uniéndose las manos.


( Música sola )

Mientras , a través de la bóveda del cielo, salen cantos:

      Tu caja, abierta, libres estás,
y sale un corazón
que pierde las cadenas .
La sabiduría del ser,
para unirse a lo infinito.
       Despierta del sueño,
        y de estatua atada.
      Denia, Denia, Denia.





En la casa.
Denia abre su caja, caída como una hoja más en el húmedo patio. Y se ve libre. Tan voluble y ligero se hace su cuerpo, lleno de toda la vida.
Aquella misma tarde, has nacido, cuando matas todos tus recuerdos. Y tus sufrimientos se disipan como la espuma con el viento.

( )

Miro a mis pies, veo una moldura de piedra rota a trozos sobre el suelo. He estado ahí dentro. Todo su viaje desde el comienzo, ha sido el sueño de una estatua. Mis pensamientos de soledad, de sufrimientos, espejismos de deseos, nada es real. …El obelisco construido por los seres y cada símbolo es la inteligencia de los seres de antaño, y es la llave.


Cuando las estatuas se transforman en personas por el día; Denia sigue como una niebla para ellos. Su cuerpo se va desvaneciendo, al son de su despertar.

Ahora, en el río, donde los árboles y las piedras forman parte de sus sonidos, todos parecen que cantan.

( canto )


Se confunden con la niebla de cada mañana,
en espera que se liberen todas las personas atrapadas,
Algo inconmensurable flota junto al aire, entre las aguas.
Son seres blancos y transparentes.



(Canto final…………….)


Carmen Pérez Hidalgo. FIN










miércoles, 17 de octubre de 2012

CUENTO



                                      SARA BAILA SOBRE EL PÉNDULO



SARA BAILA SOBRE EL PÉNDULO



La ventana de la habitación invita la entrada de la brisa en la húmeda noche. Los visillos al balancearse, dejan ver el reflejo de las farolas sobre los charcos, que se han formado tras las últimas lluvias. Los coches marcan un ritmo en el silencio noctámbulo.
 Aquella  figura humana, asomada a la ventana, casi no respira para no interrumpir el silencio.
-Es tan tarde que debería dormirme-  se dice, cuando mira hacia la solitaria calle.
 El rostro de Sara, triste y joven cubierto de infinitas pecas, es frío como el aire de la madrugada invernal;
 los cabellos, lacios y rojizos se dejan caer acariciando sus hombros.  Su cuerpo llevado por el sueño, está en letargo sobre la cama.
Le despierta  el ruido de los coches junto al ir y venir del gentío. La luz de la mañana le sorprende y mira el reloj. Ve que es tarde, pero aún puede llegar a tiempo a la oficina.
Se Viste, peina y suelta con desenvuelta rapidez el maquillaje en el bolso para salir en un abrir y cerrar de ojos. Al encontrarse con la muchedumbre del metro observa las expresiones marcadas y las miradas perdidas del gentío, como si añoraran el último sueño de la madrugada sobre la cama. Cuando baja, recorre la avenida que llega a la oficina ¡Ya estoy aquí! Respiró con alivio. Todo un paisaje de ordenadores, mesas sobre las que se apilan  papeles, suplantan lo humano por el protagonismo informático.
-¡Por fin llega Sara!
-Siempre tarde… --comenta Mariano. 
(Mariano, había llegado a subjefe de sección por su gran dedicación laboral y fidelidad de “perrillo faldero”, un administrativo con ambiciones se podría decir).
Si… lo sé -contesta Sara-. No me des sermones. He tenido una mala noche.
-No es la única querida, suele ocurrirte a menudo -responde éste, con su media sonrisa. Bueno, te llama el jefe.
 Se dirige al despacho con los pasos ligeros que la caracterizan. Ante la puerta no lo piensa, y da un par de golpes con los nudillos.
 Entra sin esperar la invitación.
-Don Francisco…
-Pase.
-Buenos días ¡Vaya, por fin! Espero que sea ésta la última vez que llegas tarde.  Sabe usted que la falta de puntualidad no me gusta. Bueno, siga con los archivos que le mandé pasar al ordenador y espero que acabe hoy.
La voz del jefe resuena en los oídos de Sara, como si fuera el sonido de la campana para recogida de un recreo escolar.
Don Francisco, jefe de sección tiene toda una vida dedicada al departamento de Seguros. Es un hombre de mediana edad, ganando sus sobrados kilos entre comilonas y banquetes. Empaquetado de interminables cursillos, bigotudo y de mirada avasalladora. 
 Nuestra joven se queda un par de horas más de trabajo y así el tiempo se le escapa entre resoplidos y papeles insípidos.
Al fin termina, y deja atrás el olor rancio del trabajo. Sale a la calle, entonces decide dar un  paseo, y no coge el metro; entra por un pequeño parque que se halla camino de casa.
 Mientras pasea la atmósfera cambia, el aire es más pesado que de costumbre, cae una niebla, suficiente para sentir el cielo en las calles. Los árboles y caminos vestidos de plantas, proporcionan a los transeúntes un sin fin de olores. Aquel trayecto lo había recorrido en algunas ocasiones, cuando salía del trabajo,sin embargo, hoy era diferente. Las hojas visten la tierra con su espesura, ráfagas de aire cruzan sobre la tez de la muchacha, cruzan cada gramo de tierra, expandiéndose sobre todo.
 Entonces, inspira profundamente, a continuación expira, le embarga una felicidad en ese momento. El vaho nacido a través de su garganta,  se une con el aire del lugar, mezclándose junto a la niebla que flota. Y en esos momentos  el contorno de una silueta aparece. Un ser pequeño, regordete, de rostro infantil, unas manos que sostiene un péndulo, y dando pequeños saltos en círculos alrededor de Sara, le rodea con un velo de gas brillante.
-¿Quién eres? 
- Soy el duende del péndulo. El beso de la luna te cubre para que puedas viajar en la noche.
 Piensa en aquel instante el que pueda estar cansada; todo podría ser una fantasía, pero en “un abrir y cerrar de ojos”, se haya paseando por un valle.










La hierba cubría hasta su rodilla, un luminoso campo de trigo y un techo celeste sin nubes se presentaba ante ella, a lo lejos, se divisaba un horizonte donde se juntaba cielo y valle. Caminaba transpuesta, desorientada por su repentina aparición en aquel lugar, como el niño que comienza a dar sus primeros pasos. Sin poder evitarlo tropezó y cayó en un torrente de agua, procedente de las montañas situadas no muy lejos del río. La muchacha se dejaba llevar por la corriente impregnándose de sus olores y de los sonidos que surgían cuando saltaban las aguas sobre las piedras. Encontró un tronco de árbol, que por ser víctima de fuertes vientos estaba atravesado. Éste pudo servirle para salir de aquel caudal sujetándose a él.
  - ¡Sara!, ¡Sara!
Ella giró la cabeza hacia ambos lados. ¿Quién podría llamarla? La voz surgió de nuevo:
 -Soy el árbol que está unido a la hiedra.
Dio un salto y llegó desde el tronco a la orilla, donde había un bosque. Miró y descubrió el árbol que hablaba,  cubierto por una gran hiedra.
El miedo se apoderó de ella y preguntó:
-¿Dónde estoy? ¿Cómo es que un árbol habla?
-Estas en el mundo olvidado. Le contestó con una voz hueca y lenta. 
-¿Qué hago aquí?, tengo miedo. - dijo Sara-
- El miedo se arropa con tu ignorancia, juntos van en la misma sombra. “El conocimiento está en el péndulo” Encuéntralo y desaparecerá tu temor,sigue el curso del río.
Esa respuesta  hizo que los pensamientos aturdidos de la joven se disiparan, por la seguridad que le transmitía.
 Sara, miro un ser que llegaba del cielo. Era un águila que al pasar por allí bajó y hallándose frente a ella le indicó con un gesto que se montara sobre él.
  Durante el transcurso del vuelo, los cúmulos de nubes traspasaban el cuerpo de la muchacha, acariciándole como bolas de algodones húmedos. Nunca había sentido algo así ¿Podría ser aquello lo más  parecido al sueño de un bebe?
(parecía como si fuera una recién nacida)
Desde lo alto, se divisaba un paisaje de azules charcas y sembrados rojizos, sobre los cuales se hallaba una casa blanca como la espuma, pequeña como una gota de lluvia. La curiosidad inundaba a nuestra espectadora.
 -¿Quien podría vivir en aquella casa? Comentaba Sara
 -Pararemos, le respondió el ave.
A cada palabra de Sara el águila la seguía.
Bajo de él y a solo pocos pasos se separaron.
Se asomó a las ventanas  y a través de sus cristales polvorientos intentó mirar al interior. No vio nada, estaba vacía. Empujó la puerta, había espejos por todas las paredes y en cada uno de ellos estaba reflejado el péndulo,  por mucho que miraba detrás de ellos,  no encontraba donde podía estar el verdadero. Desconcertada por aquel laberinto, decidió regresar donde le aguardaba su amigo.
-¿Cómo puedo llegar hasta el péndulo?-Preguntó al águila.
-”puede que tengas tan solo que mirar, no busques para conseguir” . Le respondió.
Parada junto al águila se dio cuenta que hasta ahora buscaba algo que había idealizado. Entonces entendió la lección. Sin  resistirse a seguir teniendo por incertidumbre la identidad de este animal, preguntó: 
-¿Quién eres? ¿Por qué me llevas sobre ti? - Mi nombre es Zurco - Contestó.
Vengo a guiarte, sirviéndome de mis ojos que ven más allá del tiempo. Sin comprender el porqué de todo lo que estaba ocurriendo, le llegó en ese momento un sentimiento de cercanía hacia aquel ser lleno de sabiduría y misterio. Entonces, acarició su lomo cubierto de plumas, desprendía en cada caricia ráfagas de calor la fuerza  que le transmitía su corazón. Tras todo ello surgió una quietud que se rompió cuando le vino a la mente una pregunta:
- Zurco, ¿Dónde puedo encontrar un duende?-
-”Tu respuesta está en el camino”.
Aterrizó sobre la tierra, había llegado el momento de despedirse. Con saludo solemne de águila imperial, retornó a su vuelo.

        


  Caminaba entre sembrados y campos de hierba. El cielo cambió y se tornó de un color gris sin nubes. 
Comenzó a tener frío. Sus manos las hacía frotar sobre sus brazos para calentarlos; estaba pálida como aquel lugar.
Luchaban las nubes cuerpo a cuerpo. Los ruidos y estruendos provocaban el temblor de la tierra.
 Aquellas tormentas crearon una intensa lluvia que le impedía ver el camino, así fue como cayó sobre un charco.
¿Dónde estoy? ¿Esto qué es?
Al principio parecía un pequeño charco que no tenía profundidad, sin embargo  llegó a cubrirla. Cuando por fin salió a flote, asombrada, vio que estaba en el mar.
En aquel silencio su cuerpo se hallaba sumergido, giraba y se impulsaba con solo una milésima de fuerza, como un embrión en líquido amniótico. Flotar o estar suspendida en un medio líquido le daba la satisfacción de dejar de sentirse materia, comenzando a dudar de su existencia y de sí había o no un tiempo que marcara todo aquello ¿O tal vez fuera ella producto de un sueño?
Por fin desapareció su duda, cuando una fuerza la empujaba  hacia un torrente de agua que circulaba por un túnel hecho en el mar. La dejó justo en el camino del pequeño parque del cual había partido. Miró el reloj de su muñeca y coincidió que era la misma hora en la cual se encontró al duende y donde emprendió su aventura.
El sol, escondiéndose, daba paso a la luna. Jugaban a crear el día y la noche. De pronto apareció ante ella la figura del péndulo, suspendido, como si se tratara de una aparición fantasmal; se balanceaba como si traspasara el aire. La joven enmudeció y apenas parpadeaba. Ante la sorpresa cayó, hasta ponerse de rodillas.
El duende salió de una burbuja de luz y con ella bajó, y de un salto quedó situado frente a Sara, sopló expulsando una fuerte ráfaga de aire llevando a ésta al punto imaginario de donde el hilo pendular partía.
Sara no escuchaba los sonidos de su respiración pero sentía que estaba viva. No había luz, sin embargo podía ver el péndulo. Las agujas del reloj no marcaban. El tiempo no corría, y contrariamente a todo ello, observaba como un movimiento en su cuerpo era consecuencia de otro anterior;así marcaba un ritmo.
Aquel hilo de acero desembocaba en un cuerpo de forma  circular, como las pupilas brillantes y dilatadas de ella. El péndulo creaba a un lado de su oscilación sonidos y movimientos vibrantes, a otro lado silencio y vacío. Todo un compendio de contradicción como la tierra y el cielo o el agua y el fuego, así pues, cuando se balanceaba a un lado cubría con sonidos sus tímpanos, inundándolos de una inmensa energía musical. Destacaban unos instrumentos: el violonchelo, el piano y el saxo y hechizada bailaba al ritmo de esa música  magnética. Entre balanceos pasaba del baile a la inmovilidad y al silencio. El aire lleno de luces, iluminaba La figura de Sara que no podía parar de girar sobre aquel hilo.
Tras uno de esos giros apareció en una avenida de altos edificios cubiertos con miles de bombillas. Las luces de colores ya no provenían del sonido pendular ni de su propio baile, era de los gigantes bloques de piedras artificiales, que iluminados se confundían con las estrellas.








-¡Es sorprendente!- Exclamó. - He aparecido en una ciudad.-   El duende me ha traído.
Sus pasos solitarios eran ecos en el aire como ondas sobre aguas tranquilas.  Le sorprendió el ver aquel panorama industrial diferente a todo lo recorrido.
Con los sonidos de sus pisadas se mezclaban  otros diferentes que retumbaban como si caminaran por túneles metálicos.
“Su razón, llamó al miedo, para dejarlo pasar”. Unos temblores la paralizaron.
Las lejanas pisadas cruzadas con las suyas se acercaban más fuertes, encontrándose ante ella una silueta de animal, era un pequeño lobo blanco de mirada inocente. Sara quedó expectante.
- Me llamo Kalio -
Kalio con sus ojos infantiles por ingenuos y de mirada limpia, le habló diciendo: “Si te has perdido mira hacia arriba para sentir tu corazón”, siguiendo el camino de las luces y la voz de tu interior no te perderás. Siguió el animal su trayectoria, desvaneciéndose entre calles, alumbradas por el reflejo de los grandes edificios. 
Sara siguió los consejos del lobo, yendo por el camino alumbrado. Fue entonces cuando encontró un cartel que decía: “Bienvenida a Soledad”.
Sombras de brazos largos cruzaban rozando el cuerpo de aquella figura femenina, sombras que escapaban hacia arriba para desaparecer al encontrarse con el cielo, como un cometa desaparece antes de encontrarse con la tierra.
Había un silencio sepulcral, la  angustia  golpeaba su pecho femenino para salir de la prisión del esternón. Ante aquel dolor y sufrimiento caían tal cantidad de lágrimas que éstas esparcían una capa de sal sobre el suelo.
Desvalida, sin compañía, a pesar de  tantos edificios, le inundó el frío de la ausencia, le invadió el olvido de su propio ser con sus recuerdos. Parada en aquella penumbra, encogía su cuerpo y temblaba mientras quedaba su alma en el desamparo y en el olvido del amor. La ciudad la devoraba lentamente. El cielo la engañaba por sus luces artificiales que imitaban a estrellas. Poco a poco aparecían las nubes, con sus caras fantasmales, empujadas por los vientos que iban siendo cada vez más fuertes conforme pasaba el tiempo. Todo adquiría movimiento y se desplazaba con fuerza arrolladora. Inevitablemente fue lanzada contra los muros que limitaban la ciudad. Unos muros altos y rasos.  Infranqueables.
 Los silbidos del cielo cada vez más agudos en el interior de su cabeza, resultaban dolorosos. Sara sólo podía ir andando al lado del muro que la desterraba. Rodeó poco a poco toda la ciudad desde esos límites de piedra.
Entonces en aquel paseo se preguntó:
-¿Será un sueño o puede que sea un lugar en el sueño donde se pueda encontrar la verdad? Tal vez puedo reconocerla sabiendo donde está la mentira de todo esto. Si lo descubro  puede que conozca sus secretos y así podré encontrar el sitio donde está la salida hasta la realidad -
Caminaba alrededor del muro, hasta encontrarse a la espalda de los edificios, donde se iniciaba un campo cubierto de múltiples rosas de colores con tallos sin hojas, alineados, rosas artificiales aparentando lo silvestre. Todas en simetría.
Su cuerpo de mujer caminaba entre las flores que resplandecían con sus colores naranjas, azules vivos y rojos intensos, cubriéndoles por encima de las rodillas.
Llegó hasta un camino de tierra amarilla y polvorienta que separaba el prado. Le sorprendió el retumbar de unos pasos fuertes y pesados. El aire estaba invadido de polvo por un cabalgar próximo. Fue entonces cuando vio una figura negra, parada frente a ella. Comenzó a restregar el suelo con sus patas traseras para coger impulso de ataque. Era un toro grande, negro como el azabache. Sus astas se alzaban marcando una curva que señalaba al cielo. Envuelta en un terror, las piernas de la muchacha retrocedían lentamente. Frente a ella, a menos de dos metros, se hallaba aquel animal con ojos fijos y brillantes por la emoción del ataque.
 Impotente y sin salida ante el cornúpeta, aferró sus manos a cada cuerno para resistir. Al momento se dio cuenta que estos afilados y grandes cuernos estaban en el aire. De un susto los soltó y cayeron al suelo. Contempló cómo se convertían en cientos de trozos pequeños. Había sido atacada por un toro con cuernos falsos. Un toro que se desvanecía como el polvo que había levantado.
Sara, todavía paralizada, dejó caer sus brazos y con abatida mirada engañada, vio que había vivido “el desconcierto de la mentira.”
-¡He encontrado la mentira de la soledad! La descubrí y la derroté cuando me enfrenté a mi miedo.
La soledad que la desgarraba de dolor para aniquilarla se estaba convirtiendo en espejismo. Abrió paso a su propia compañía y la del universo,  que la abrazaba protegiéndola. En ese momento podía traspasar los muros. Quedaba así aquel lugar, convertido en un espejismo del pasado.
Frente a ella, había un espacio libre y despejado. Una llanura de tierra rojiza que la cubría reflejos rosados por el cielo iluminado de rayos solares. La tierra despedía el olor a humedad recogida de la madrugada. El cansancio la dominaba y con pasos cada vez más cansinos, siguió unos instantes hasta parar en seco al toparse con una piedra dentada, irregular y extraña en sus lados, los cuales dibujaban distintas formas geométricas que sobresalían. En contraste con su parte superior que estaba plana en corte horizontal.
- Hecha para sentarse -pensó.
Y así lo hizo - ¡Que paz, que tranquilidad!- 
Regocijándose estaba en su descanso, cuando una voz habló como si estuviera metida en el interior de un cántaro.
-¡Sara, Sara, menos mal que llegaste! Te esperaba.
-¿Quién eres?- Preguntó. 
-Soy Ruth - respondió la piedra.
-¿Ruth? ¿Dónde estás?
-Estoy debajo de ti -
Miró perpleja a la piedra y preguntó:
-¿Dónde estoy?
-Estás en el silencio
-¿Qué dices?
-El silencio… -volvió a repetir la piedra-.
Te explicaré. En aquella ciudad, había sólo ruidos en ti. Los ruidos eran emitidos por tus angustias que iban golpeando y destruyendo tu cabeza, tu corazón… No dejabas de tener ruidos, tu vida estaba llena de ellos, impidiéndote pasar los sonidos de las olas del mar, los silbidos del aire que levanta la arena, los estruendos turbadores cuando las tormentas gritan sobre las lomas de las montañas, el canturreo de las cascadas que se confunden con el cantar de los pájaros, el crujir de las ramas cuando el rayo del sol la reseca mientras conversa con el viento. Ni siquiera dejabas pasar los sonidos de la luna, los sonidos de las estrellas que despiertan a las luciérnagas. Y todo eso, tú, lo conociste en tus viajes anteriores. No te habían abandonado nunca, estaba todo en el silencio; éste que te impregna ahora y te quema cuando destruye al ruido como el fuego a la mala hierva.
Sara se estremeció al escuchar aquellas palabras tan bellas y suaves salidas de la piedra hablante. Alzó la mirada descubriendo un ser incorpóreo que se dispersaba en el cielo. Se confundía con las nubes por su blancura y transparencia. Bajó para cogerla  y elevarla. La trasladó al espacio, entre soles y asteroides. Sara Flotaba entre las estrellas.
A continuación, la figura se desvaneció. Suspiró profundamente sintiéndose como un cuerpo celeste suspendido y así encontró al péndulo, que estaba en ella.
Todo aquello le hacía ser un glóbulo de gas en una nebulosa. El glóbulo de donde nace una estrella. Bailando entre lucecitas brillantes escuchó voces que se iban haciendo más intensas conforme prestaba atención. Se dio cuenta que todo giraba a su alrededor, como si se situara en el centro de una espiral. Con los ojos cerrados, con incertidumbre, tomó impulso y los abrió. Cuál fue su sorpresa al encontrarse en una sala llena de camas.







¡Estaba en un hospital! ¿Pero qué hacía allí? Una persona vestida de blanco se le acercó y con ojos sorprendidos retrocedió para gritar:
-¡Que venga el médico!
Delante de Sara apareció un hombre.
-Le preguntó: ¿Cómo estás? ¿Sabes dónde te encuentras?
- En un hospital. ¿Pero no sé qué hago aquí?
- Yo soy el médico de guardia. Llegaste aquí por un accidente de tráfico.
-¿Cómo?
-Por lo que cuenta el conductor del coche, ibas caminando sin mirar, saliste del parque y cruzaste la carretera lanzándote encima de él. Has tenido una conmoción.

Sara no daba crédito a sus oídos; había sido agua, aire, pájaro; había sido estrella y todo buscando un péndulo, el cual la transportó. Sin embargo ya no tenía la necesidad de buscarlo porque descubrió que "el péndulo era ella"

¡Cuánto había vivido parada en el tiempo!
Parece que progresas bien. Pronto te irás. Tendrás que seguir viniendo para chequeos. - Le dijo el médico al transcurrir algunos días. -
Un día dejó atrás las puertas de aquel hospital. Caminó hasta llegar a su apartamento, encontró en él un pasado que ya  no volvería, dejó caer el bolso sobre el suelo y se tumbó en el sillón. Miró toda la habitación desde una esquina, recordó a la mujer que dejó pasar los deseos de su propio interior. Quería volver al parque para averiguar como podía haber ocurrido toda aquella aventura.
- ¿Quién podría ser aquel duende?- Se preguntaba. ¿Y si realmente existía?



.
(En el parque)

Cuando llegó miraba a las copas de los árboles, a la hierba que pisaba, al cielo claro y despejado. Todo estaba en calma. 
En el camino los niños en bicicleta, se iban alejando entre carreras y vueltas.
 Tropezó con una vagabunda sentada en un banco.
La falda de aquella mujer estaba confeccionada de trozos de retales diferentes unos a los otros. Cada uno de un color; sobre su cabeza tenía un gorro de lana hecho con agujas de ganchillos, retazos de gasas trasparentes le colgaban en la cintura que apenas se apreciaban en aquel cuerpo voluminoso. Parecía una de aquellas muñecas hechas de trozos de telas. Sara la miró y le sorprendió el brillo que había en sus ojos. Su mirada le atraía como un imán, empujándole la curiosidad. Preguntó:
-¿Sueles estar aquí?
-Si.
-¿Cómo te llama?
-“Estela” Respondió 
-¿No te fijaste en mí el otro día que pasaste por aquí?-
Preguntó Sara.
- No.- Contestó.
-Yo tampoco te vi. Dijo Estela. Será porque las ilusiones a veces se olvidan.
- ¿Tú eres una ilusión?
- Yo soy la magia de los sentimientos. De lo que están hechas las estrellas. Aparezco cuando llora un alma, porque soy la vida. El duende lo mandé con un soplo mágico, sacado de un sueño, para que se cruzara en tu destino,
solo tuve que poner una chispa; el accidente.
-¿y dices que eres la vida?
- Sí. Yo soy la magia que está en ti. Y tú me llamaste, todos tenemos esa magia. “La fuerza de la vida”Que nos hace nacer de nuevo. ¡Camina y comienza! 
- Sara salió del parque, para encontrar su nueva vida.

                                                                     FIN